Cómo afecta el calentamiento global a las montañas de México
Desde la Ciudad de México y el Estado de México hasta Puebla, el calentamiento global en México está transformando los altos paisajes volcánicos en torno al Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y el Nevado de Toluca. Las señales de alerta no son solo los días más calurosos, sino también la pérdida de noches frías, nieve estacional, heladas, humedad de niebla y humedad estable del suelo: las condiciones silenciosas que ayudan a los ecosistemas de montaña a retener el agua.
El retroceso del hielo en los volcanes más altos de México es uno de los símbolos más claros de este calentamiento. El Popocatépetl ya perdió su glaciar —una pérdida acelerada tanto por la actividad volcánica como por el calentamiento—, el hielo del Iztaccíhuatl ha quedado reducido a frágiles remanentes, y el hielo de alta montaña que le queda al país se concentra hoy principalmente en el Citlaltépetl, o Pico de Orizaba. Pero para el hábitat del teporingo, los glaciares deben entenderse sobre todo como una señal de alerta climática, no como la fuente directa de agua que sostiene los pastizales donde vive la especie.
El ciclo del agua de montaña en los volcanes mexicanos
En estas montañas, el agua que más importa para los pastizales de alta montaña (zacatonal) proviene de la lluvia, la niebla, la humedad de las nubes, la nieve estacional, las heladas y la humedad almacenada en el suelo volcánico. Cuando las temperaturas se mantienen bajas, la nieve dura más, la evaporación se hace más lenta y los suelos volcánicos pueden retener más humedad durante la temporada seca. A medida que el calentamiento global reduce la nieve y el hielo persistentes, también hay menos agua de la estación fría almacenada en la montaña. El agua de deshielo y de tormenta puede escurrir ladera abajo más rápido, dejando a los bosques, los manantiales y los pastizales con menos humedad estable cuando llegan los periodos secos.
Lluvia, niebla y nieve estacional → laderas volcánicas frías, donde los pocos glaciares de altura que quedan en México funcionan sobre todo como señales de alerta → infiltración en el suelo volcánico → manantiales, escurrimiento, heladas y humedad estable del suelo → pastizales húmedos de alta montaña → hábitat de montaña.
Cuando este ciclo se debilita, los pastizales de alta montaña pueden crecer menos, recuperarse más despacio, secarse y arder con mayor facilidad, ya que la vegetación seca aumenta el riesgo de incendios. Lo que al principio parece un pequeño cambio de temperatura puede convertirse en una reacción en cadena: menos frío, menos agua lenta, pastizales más débiles, más incendios y menos refugio para la fauna.
Por qué esto importa para el teporingo, o conejo de los volcanes
Aquí es donde el teporingo, también conocido como conejo de los volcanes, entra en la historia del cambio climático en México. No vive en los glaciares ni depende directamente del hielo glaciar. Vive mucho más abajo, en paisajes fríos de montaña con bosques de coníferas, laderas rocosas y densos zacatones, especialmente en las tierras altas volcánicas como el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La CONANP ubica a la especie entre los 2,800 y los 4,250 metros sobre el nivel del mar, en el cinturón de zacatón, donde los bosques abiertos de pino, los pastos densos, los sustratos rocosos y las condiciones húmedas de montaña dan forma a su hábitat.
El conejo de los volcanes es un especialista de hábitat. Depende de una cubierta alta y densa de zacatón para alimentarse, refugiarse, anidar y protegerse de los depredadores. El trabajo científico sobre la especie ha encontrado que una mayor altura y cobertura del zacatón mejoran la calidad del hábitat, mientras que la agricultura, la tala, la fragmentación del hábitat y el fuego siguen amenazando los paisajes donde sobrevive.
Nevado de Toluca: un registro que no debería borrarse
El vínculo del conejo de los volcanes con el Nevado de Toluca debe tratarse de forma abierta, no dejarse de lado. El volumen de conservación de 1996 sobre el zacatuche (Velázquez, Romero y López Paniagua, eds., UNAM / Fondo de Cultura Económica) incluye un mapa de registros de colecta de especímenes de Romerolagus diazi, y el área del Nevado de Toluca aparece entre ellos. Se trata de registros de colecta —no de avistamientos vagos—, lo que los convierte en parte de la historia científica documentada de la especie.
Estudios posteriores no han confirmado una población permanente ahí, y algunos trabajos recientes sostienen que no hay evidencia actual en el Nevado de Toluca. Pero la controversia no es lo mismo que la ausencia en la historia. El volcán formó parte del área documentada de la especie, y hoy esta ya no se confirma ahí: una aparente pérdida local, o posible extirpación, que merece escrutinio público en lugar de silencio.
Esto importa porque la conservación no consiste solo en proteger el hábitat de hoy: también consiste en proteger la integridad de los registros del pasado. Cuando la evidencia histórica se minimiza, se reinterpreta o se trata como si nunca hubiera existido, el público pierde la capacidad de entender cuánta área puede haberse perdido ya. Esta página presenta el registro documentado tal como lo hemos encontrado. Si alguien dispone de evidencia que corrija o amplíe este relato, le invitamos a compartirla: el objetivo es un debate abierto y transparente sobre el verdadero rango del conejo de los volcanes, no una versión oficial cerrada.
De montañas frías a desiertos ecológicos
Por eso el calentamiento global no es una amenaza abstracta en los volcanes de México. La pérdida de nieve, hielo, condiciones frías, humedad de niebla, estabilidad de las lluvias y agua de movimiento lento es una señal de alerta de una transformación ecológica más amplia. Estas montañas no se están convirtiendo en desiertos de arena literales, pero sí pueden convertirse en desiertos ecológicos: paisajes más secos, erosionados y más propensos al fuego, con menos vegetación, menos agua y menos capacidad de sostener fauna silvestre.
Para el teporingo, el peligro no es un único glaciar que desaparece. El peligro es un sistema de montaña que pierde el frío, la humedad, la cubierta de pasto y la continuidad ecológica que alguna vez permitieron sobrevivir a pequeñas poblaciones a lo largo del Eje Neovolcánico Transversal. En los volcanes de México, cuando la montaña pierde el frío y el agua lenta, el futuro del teporingo también se estrecha, una cumbre a la vez.